*Artículo publicado por Grupo Ándar en la revista diaria on-line “La primera de Puebla”
¿Es la educación formal requisito para el éxito?
Decidiendo sobre el tema a publicar en esta columna, recurrí a las notas de actualidad sobre educación en los periódicos de circulación nacional y paralelamente estuve revisando algunos ensayos que escribí mientras estudiaba la maestría en educación. Creía que la inspiración no llegaría, de pronto visualicé un hilo conductor entre los diversos textos, que aunque de temas variados, relacionan la escuela, desde preescolar hasta la universidad con el “éxito”.
Luego escarbé en algunas fuentes: Google, revistas científicas y no científicas, libros, hasta Wikipedia y Monografías.com consulté y no me fue posible encontrar una definición del término que pudiera aplicarse para todos los casos de personas “exitosas” existentes en nuestro entorno, que adjudicaran sus logros a la educación formal recibida.
Dado que no hay definiciones precisas del concepto, los estudios científicos que demuestren que exista una relación causa – efecto entre educación y éxito son casi nulos y los que existen siempre son cuestionables. El diccionario define la palabra como: “resultado de una empresa, acción o suceso, especialmente buen resultado”. Pero la calificación de tal resultado, si hablamos de la vida de un ser humano, no es sencilla de asignar. Para algunos el éxito se relaciona con una vida familiar satisfactoria, necesidades básicas cubiertas, tiempo para divertirse, mientras que para otros puede consistir en tener un auto último modelo, frecuentar lugares caros, viajar al extranjero. Habrá otros más que medirán los resultados positivos de su existencia, en función de sus aportaciones para hacer del mundo un lugar mejor. Habrá tantas definiciones, como sujetos existan.
De tal manera que cuando leo la publicidad de algunas escuelas y universidades, garantizando el camino al éxito si decides inscribirte en la institución, no hago más que preguntarme y ¿cómo están definiendo el éxito?
Parece que este cuestionamiento se discute en varias esferas, cito textualmente a Néstor Martínez, quien en su artículo, “La escuela un bien público” manifiesta: “De un tiempo a la fecha, en diversas naciones del mundo se desarrolla un gran debate sobre si la educación debe seguir siendo tutelada a escala global por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) o si debe darse un giro radical y ceder el tutelaje a la Organización Mundial de Comercio (OMC)”.
Este debate tiene implicaciones filosóficas, epistemológicas y culturales extraordinarias, porque pone en tela de juicio la esencia más fundamental de la educación formal, que bien sabemos en muchos casos, cada vez más, se asocia con un bien de tipo comercial, más que con características de un bien público que debería de tener como fin garantizar la conservación de la cultura, el avance de la ciencia en beneficio de la humanidad y la conservación del planeta. Considerar a la educación como una herramienta más para fortalecer la lógica de mercado y los paradigmas de desarrollo económico insostenibles (que enriquecen a unos pocos y excluyen a las mayorías), solamente se verán reflejados en la disminución permanente de los “buenos resultados” obtenidos luego de haber cursado 6, 9, 12 o 16 años en la escuela.
Yo no enviaría a un hijo a una universidad, en la que invertirá una gran cantidad de horas escuchando a profesores a hablar sobre teorías obsoletas, en la que no se le de la libertad de expresar sus creencias, en la que permanentemente se le den indicaciones y/o recetas para resolver problemas, en la que no le faciliten cuestionar la manera en la que aprende, en la que lo estén formando para reproducir los patrones de dependencia dominantes en los que unos cuantos explotan para poseer más, mientras otros muchos prefieren sentarse cómodamente a esperar las sobras.
Necesitamos cambiar nuestra manera de entender y exigir la educación como un derecho inalienable de los seres humanos y las sociedades que conformamos, un derecho que debería permitirnos, reinterpretar el mundo más allá de los principios de “obediencia” que en muchos casos la han regido hasta ahora. Que no nos enseñe a “adaptarnos” al mundo tal como está, sino que nos de herramientas para transformarlo. De no ser así creo que la universidad lejos de ser un factor para el éxito, se convertirá en un obstáculo multiplicador de los grandes fracasos que como humanidad estamos experimentando: inseguridad, hambre, enfermedades, exclusión, contaminación, desastres naturales, guerras y dentro de la civilización, seguir viviendo bajo las leyes de la selva más primitiva.