¿Una sociedad sin escuela?

Filed Under (Desarrollo Social, Educación y política, Escuela, Internet, La Primera de Puebla) by Cintia Fernandez on 14-08-2008

He percibido que en mis últimos escritos sobre educación se encuentra como constante una postura crítica haca los sistemas escolares. Esto me ha hecho recordar un libro leído hace muchos años, “La sociedad desescolarizada”, en el cual Ivan Illich plantea como tesis central la falta de eficiencia de la educación institucional, en comparación con otros modos de aprender más tradicionales (por ejemplo los oficios o la transmisión oral de viejos a jóvenes en algunas culturas). Publicado en 1971, fue en esos momentos calificado como radical, revolucionario, provocativo. Hoy, 37 años después, sus planteamientos no dejan de ser vigentes. El lingüista norteamericano Noam Chomsky hace un planteamiento similar en el 2001 en su aclamado libro La (des)educación, en el que se compilan una serie de brillantes textos sobre el tema redactados a lo largo de su prolífica carrera intelectual.

La escuela no ha existido siempre, no así la educación y el aprendizaje, actividades intrínsecas al ser humano. ¿Cómo era la sociedad antes de las escuelas?, ¿Cómo se conservaba la cultura y se desarrollaba el conocimiento? ¿Qué métodos se utilizaban para la enseñanza?¿cómo se definía lo que era “necesario” aprender? ¿En qué medida es verdadera la tesis de Illich?¿ es la educación des-institucionalizada una alternativa para crear un mundo mejor?

El movimiento bípedo y el lenguaje hacen al ser humano interactuar con el mundo y con sus congéneres de manera “superior” a otras especies y les hace inevitable aprender en cualquier entorno en el que, con libertad, se desenvuelvan. Basta observar a un grupo de niños pequeños en un jardín, a un par de adolescentes en un parque, a un equipo de adultos en una reunión de trabajo, para darse cuenta que no pasa un segundo sin que estas personas estén realizando actos cognitivos que fortalecen sus habilidades sociales y de pensamiento.

Pero ¿qué sensación nos queda cuando observamos a un grupo de 45 niños o estudiantes universitarios, sentados con la consigna de no expresarse, a menos que reciban autorización explícita de esa persona frente a ellos recitando información casi de memoria de cursos que han dictado durante años? ¿Qué misteriosos procesos mentales suceden en esos seres, en los cuales la interacción/expresión se limita en algunas ocasiones a “trabajar en equipo” o “exponer” frente al grupo? Casi puedo asegurar que la respuesta no está relacionada, en la mayoría de los casos, con los objetivos de aprendizaje planteados en el plan de estudios de la materia impartida.

Tengo muy presentes los comentarios de algunos estudiantes, quienes manifiestan que al salir del aula al “mundo real”, con el fin de realizar prácticas profesionales o servicio social por ejemplo, se dan cuenta de que “no saben nada” y que en un par de meses aprenden “lo que no habían aprendido” en 15 años de escuela. En esos casos la tesis relativa a la ineficiencia de los sistemas escolares planteada por Illich y Chomsky se acerca a la realidad.

¿Cuál es el impacto social de esta premisa? A veces parece ser que la escuela está muy lejos de fortalecer las potencialidades de los sujetos y por lo tanto de las comunidades que conforman, y se acerca más a cumplir la función de domesticarlos para adaptarse a sociedades cada vez más excluyentes, entregadas al consumo irracional y lo más preocupante, para sentirse impotentes e incapacitados para que de manera organizada y participativa logren transformar y, cada vez de manera más urgente, conservar el planeta.

Hoy, con la existencia de Internet y sus posibilidades de interacción social a nivel global, por primera vez en muchos siglos, se vislumbra la posibilidad de la desescolarización (¿desdomesticación?) de la sociedad, el acceso al conocimiento y a la información fuera del contexto institucional comienza a volverse una realidad. El ideal democratizador de la red es una apetitosa (para la autora de este texto) amenaza para los sistemas escolares y una oportunidad, aunque aún lejana para muchos, de generar entornos de aprendizaje más apegados a nuestros orígenes, a los modos en los que nacimos aprendiendo: sin limitaciones impuestas por la corriente de pensamiento dominante, sin restricciones convenientes para mantener el statu quo de los poderosos, sin que se considere a la expresión, dialogo y asociación libre una amenaza. Ahora reproduzcamos esos “nuevos” modelos en el mundo real y permitamos que nazca, en conjunto con esos “nuevas” maneras de aprender, un “nuevo” modo de interacción y por lo tanto un “nuevo” mundo para todos.

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