Generalmente cuando escuchamos la palabra evaluación, a los mexicanos se nos ponen los pelos de punta. En nuestra cultura el término es entendido, no como una herramienta indispensable para la mejora, sino como una amenaza a la que hay que combatir con justificaciones y muchas veces hasta con mentiras. Esta falta de cultura de evaluación es particularmente dañino en el sistema educativo, ejemplificaré mi punto de vista con observaciones acerca de algunos tipos de evaluación: del aprendizaje, de egresados, de profesores y del sistema educativo.
Usualmente asociamos la evaluación del aprendizaje con las calificaciones, de tal manera que por medio de herramientas como exámenes, exposiciones, ensayos; ponderados en conjunto con otros indicadores, como asistencia, participación, etc. se asigna un puntaje comprendido de 0 a 10, en el que se considera que acercarse a la parte más alta en la escala es equivalente a un mayor aprendizaje. Regularmente el número es asignado por un profesor, quien a su vez definió los criterios antes de iniciar un curso. Una vez asignada la calificación, es muy raro que el estudiante o profesor, se ocupen de discutir la retroalimentación pertinente; a menos que la calificación sea muy inferior a la esperada por el evaluado y entonces sí se discuten posturas, más en función de la “injusticia” cometida, que de la retroalimentación al desempeño brindada.
Como educadora estoy conciente de que la evaluación es una de las áreas más complejas de mi profesión, particularmente en lo que respecta al aprendizaje, la tarea requiere de un nivel de especialización bastante despreciado en la educación formal. Pocas son las escuelas que capacitan a sus profesores en la tarea de evaluar y quien lo hace, es de manera demasiado superficial. Reducir esta tarea a una escala numérica, aunque facilita el proceso, limita su potencial para mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje a través de la retroalimentación constante.
Ahora pensando en la evaluación de profesores, también considero un área muy poco especializada en nuestras escuelas. Generalmente se reduce a un cuestionario respondido por los estudiantes, quienes a su vez ven en él el arma de “venganza” perfecta para un profesor exigente y de “premiación” ideal para los grandes “barcos”. Otros responden con miedo a alguna represalia, de tal manera que es difícil que tales instrumentos sean realmente válidos y confiables, a no ser que se inserten dentro de procesos de evaluación más amplios que la sola aplicación del cuestionario. Considero que los estudiantes también deberían de estar habilitados para esta tarea y tomar conciencia de la importancia e impacto de su participación responsable en la misma.
La evaluación de egresados es casi inexistente, se reduce a escasas prácticas, por lo regular asociadas al “éxito” profesional o académico de algunos de ellos, o bien, a datos estadísticos que cualitativamente expresan poco. Y hablando de nulidades, pasemos a la cuestión de la evaluación de los sistemas educativos. Hasta ahora he conocido pocos casos de escuelas que lleven a cabo procesos sistemáticos de evaluación, de hecho solamente conozco una: el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores Monterrey, quien ha desarrollado interesantes procesos de evaluación interna y externa de primer nivel, que no pueden dejar de asociarse con sus altos índices de crecimiento, así como de impacto educativo y social. Este es un ejemplo de una institución que reconstruye su sistema a partir de una evaluación justa de sus logros y fracasos, basta revisar la actualización de su misión, visión y objetivos a través de los años y compararla con la evolución de la teoría educativa, para darse cuenta de que su avance se correlaciona directamente con su nivel de profesionalización en términos de evaluación.
Creo que el sistema de educación pública mexicano tiene mucho que aprenderle al Tec. de Monterrey en este campo. Fue apenas en los ochentas que el gobierno comenzó a tomar en serio la evaluación de la educación a nivel sistema, creando algunos órganos para desarrollar procesos e instrumentos para este fin, pero como en otros ámbitos, cada cambio de sexenio es volver a empezar y a pesar de que han pasado 30 años, no vemos resultados que se reflejen en una mejora sustancial de la calidad educativa a nivel público. Sabemos que las cifras que nos presentan son espeluznantes, los niveles de reprobación alarmantes, las luchas sindicales escalofriantes, el analfabetismo funcional deprimente, pero los resultados de los inarticulados esfuerzos por evaluar, no dan pistas de la manera en la que cualitativamente se puede transformar esta situación. El nivel de parálisis gubernamental y social en este sentido es inaceptable
Evaluar es aprender, basta de maquillar cifras y aceptar modelos de evaluación inoperantes o extranjeros, en los que solamente queda de cierto lo evidente: nuestro sistema educativo, el que pagamos con nuestros impuestos, el que nuestras comunidades construyen con su esfuerzo, es un rotundo fracaso. Las personas con mayor ingreso además pagan doble, en impuestos y en colegiaturas, aún sabiendo que ni la educación privada garantiza un servicio a la altura de las grandes necesidades socioeconómicas y de desarrollo humano del país. ¿Cuál es el porcentaje de mexicanos con posibilidades reales de estudiar en el Tec. de Monterrey? Como en todo, en este país, lo mejor, incluyendo a los sistemas de evaluación, es privilegio exclusivo de las minorías.
aunque la evaluación no es cosa de dineros…. es mas bien de voluntad…
Claro, muchas veces hay recursos, pero no es conveniente para el sistema establecido ser evaluados de manera seria.