Yo fui al Montessori

Filed Under (Educación y política, Escuela, La Primera de Puebla, Montessori, Pedagogía) by Cintia Fernandez on 04-09-2008

Cuando yo era niña no iba a la escuela, iba “al Montessori”. ¿Qué me hacía especial?: no tener que hacer tareas de libreta en casa por las tardes; comíamos “almuerzo” (no lunch) preparado por nosotros, los propios niños, en una cocina especial para ello; no usaba uniforme, sino una linda batita para no ensuciarme demasiado; tenía que guardar silencio por propia voluntad, de no desearlo era libre de salir fuera del aula a conversar; elegía semanalmente lo que quería aprender. Esto último, aprender, me parecía exquisito, ya fueran números, letras, actividades manuales, excursiones al campo o buenos modales.

 Cuando entré a una escuela tradicional, recuerdo que me entusiasmaba el forro de las libretas, las libretas mismas, la letra redondita de todas mis compañeras, el uniforme, los zapatos de suela gruesa de goma, la energía que invertían las maestras para retener nuestra atención. También recuerdo que olvidaba pedir permiso para ir al baño o para tomar agua, ¿pedir permiso para qué?, levantarme de mi silla sin avisar no era interpretado por la maestra como una falta de respeto, automáticamente comprendía que yo era “Montessori” y me explicaba con paciencia que en esta escuela las normas eran diferentes. Aprendí a pedir permiso sin demasiado convencimiento, lo que nunca aprendí fue a dejar de preguntar y decidir profundizar en lo que más me interesa, a buscar por mí misma las respuestas y a cambiar unas por otras con base siempre en la investigación de mi mundo.

En la secundaria ponerlo en duda todo sí fue un problema,  la “etiqueta Montessori” se había desdibujado y los profesores perdían la paciencia con cada ¿por qué?  o con cada frase parecida a: “la tarde de ayer busqué en un libro y no estoy de acuerdo en…” Aún así el gusto por aprender fue más fuerte que la rigidez de cualquier profesor y puedo concluir que de mis años de escuela saqué lo mejor.

Hoy en día vivo en Cholula y observo que la oferta de educación Montessori es cada vez mayor, del trabajo a mi casa observo al menos cuatro al pasar. Cuando yo era niña mi primaria Montessori era única en Puebla, al parecer abrimos brecha y nuestra educación debió de haber resultado bastante bien, lo creo así al constatar que hay tanta réplica. A pesar de lo anterior, los prejuicios hacia este tipo de educación siguen siendo amplios y muchos papás se siguen inclinando por la educación más tradicional, esperando tener hijos “más adaptados”. Otro obstáculo para que este sistema sea más común, es que son escuelas con colegiaturas muy elevadas, debido a que el nivel de profesionalización de los profesores (guías) debe de ser muy alto y los materiales que requiere el método, son igualmente costosos. Un juego de cubos de madera, es evidentemente más caro que un libro de texto gratuito de la SEP, más el grado de especialización requerido para mostrar a un niño cómo aprender de la manipulación de un objeto, más que de un cúmulo números y letras.

Una plaza de profesor de la SEP se hereda, se regala, se traspasa o se compra. Enseñar en una escuela privada tradicional español, matemáticas o ciencias naturales, lo hace al parecer “cualquiera” que esté dispuesto a ganar, a cambio de un trabajo exigentísimo, un salario mísero. Un puesto de Guía Montessori se adquiere con base en años de estudios, experiencia y una buena cantidad de congruencia entre la cosmovisión del Guía y la metodología de enseñanza del sistema, generalmente los guías son bien remunerados.

Mi cuestionamiento es el de muchos otros de mis escritos, ¿por qué una educación de calidad tiene que ser accesible a tan pocos? En este caso entiendo el término “calidad”, desde la visión alfabetizante de Paulo Freire, pedagogo brasileño, quien dedicó su vida y su creación intelectual a analizar el fenómeno de la inequidad desde la perspectiva educativa y cultural. Él manifestaba que la decodificación de los signos (letras y números) debe de ser un acto cognitivo que te permita descifrar, más que el contenido de un texto, los significados profundos de cada elemento de tu entorno.  De tal forma que, por ejemplo, tu propio nombre, debería de leerse desde tu propio ser, tu biografía,  tu sueños, anhelos, limitaciones y carencias. De esta manera tal lectura, es la lectura de un mundo, que al comprenderlo es susceptible de ser transformado. Las letras y lo que unidas nos dicen, no son un fin en sí mismo, sino un medio para el autoconocimiento y para un diálogo emancipador.

En el párrafo anterior sintetizo lo que la escuela Montessori sembró en mí: la capacidad de leer mi entorno desde la multidimensionalidad de la palabra y la reflexión de la acción, como elementos (ambos) de la complejidad de los significados, más que del contenido fragmentario de un texto a memorizar. A entender las letras y signos desde su potencial tanto dialógico, como transformador. También me dejó la inclinación por enfrentar la realidad desde la pregunta y a no conformarme con la respuesta rápida. Como me gustaría que el Montessori fuera para todos, como me gustaría que la educación “alfabetizadora”, como la definía Freire, fuera una realidad y no un privilegio.

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